Reportajes
irreverentes a escritores inteligentes
(o todo lo contrario)
Teresita Fernandez
Entrevista exclusiva con Teresita
Fernandez, por Inés Grimland, (Derechos
Reservados)
Conocer a Teresita Fernández es una
experiencia arrolladora. Es alta y
corpulenta; fuma incansablemente un habano que parece formar
parte de ella.
Después del saludo de rigor, me preguntó si me molestaba el
humo del tabaco. Le dije
que sí. “Pues te jodes”, fue su repuesta. Me quedé mirándola
sin saber si
reírme o enojarme: seguí sin saber qué hacer durante algo de
tiempo.
Teresita es una mujer fuerte, no se calla nada, dice lo que
piensa y hace lo
que quiere; no sabe de protocolos ni de disimulos. Verla
desenvolverse sobre
el escenario es casi mágico. Canta y cuenta de una manera que
encanta a todo
tipo de público, con una voz increíble, que desafía el paso de
los años, el
humo del tabaco y el cansancio. Compartimos viajes, charlas,
canciones y,
finalmente, nos pusimos de acuerdo con respecto al habano: a
la hora de sentarnos a
comer, ella se ubicaba en una punta de la mesa y yo, en la
otra. Ya faltaba poco para el fin del festival cuando nos
encontramos para el reportaje, que es casi un
monólogo donde ella desgrana aspectos de su vida, interrumpido
a duras penas,
cada tanto, para una escueta pregunta. No me importó: yo solo
quería escucharla
y casi no me acordaba de preguntar. Eso sí, mientras
charlamos, esa
tarde, no fumó. Gracias, Teresita. Ojalá la vida vuelva a
juntarnos en alguna
parte.
IG: Teresita, lo primero que se me
ocurre preguntarte es por qué sos como sos.
TF: Creo que me voy a morir sin saberlo.
Tendría que averiguar cosas de mis padres,
de todos mis antepasados, y eso es
imposible.
IG: Contame algo de tus padres.
TF: Recuerdo que mi padre me contaba cosas
y yo creía que eran cuentos, no realidad.
Mi papá era asturiano. Vivía en una aldea
donde había una sola vaca. Me parecía
exagerado cuando me decía que la cuidaban
más que a la madre, porque si la vaca se moría no había leche;
con la leche hacían mantequilla; mi abuela caminaba un kilómetro
hasta Avilés, para cambiar la mantequilla por algo para echarle
al potaje. Mi papá cogía los madroños, que son una especie de
sandalias, los llenaba con paja quemada para poder meter los
pies para caminar después sobre el hielo. Yo me estoy aguantando
el frío que hace acá nada más que pensando en ellos.
Con esos madroños recalentados con paja,
caminaba con trece grados bajo cero, con la nieve hasta las
rodillas, en una aldea que se llama Santa María de Solís, en
Avilés. El pote de la comida se ponía en el centro de la cocina
y de allí comían todos; no había vajilla ni muchas de esas cosas
que nos ha traído la civilización.
Mi mamá nació en Alcira, que queda en
Valencia, y me contaba que en su casa vivían de la cría de
gusanos de seda. Metidos debajo de un mosquitero, cogían los
madejones. Los primeros iban a parar a las manos de la Virgen de
los Desamparados en la procesión en la que mi abuelo tocaba el
clarinete. Pero, aparte de tocar el clarinete, mi abuelo
trabajaba en una cantera de cal y a consecuencia de eso quedó
ciego. Pasó un torero y parece que estuvo con mi abuela y
después nació mi mamá. El torero no le dio su apellido y eso
para los papeles era un problema. A mí me importa un pito. Yo no
tengo dos apellidos: firmo Teresita Fernández y pinto un gato.
IG: Los exilios empezaron hace muchos
años en tu familia…
TF: A los cuatro años la llevaron a mi mamá
a Méjico. Allí se educó con un sacerdote que venía de la
revolución de Méjico, el cura Hidalgo. Después fueron a Cuba.
Mi abuela se casó con un cubano. Ese tampoco le dio el apellido.
(Parece que tampoco eso le importaba demasiado a mi abuela).
Tengo un mestizaje muy rico que me hizo libre.
IG: ¿De quién heredaste tu vocación por
la música?
TF: Mi mamá tocaba el órgano en un colegio
de monjas, temprano a la mañana, a la hora de la misa. Después,
a la noche, tocaba el piano en un cine al aire libre. (Eso era
un escándalo en esa época). Allí la conoció mi papá, la pidió, y
después se fue a Méjico a averiguar todo ese lío de los
apellidos. La mandó a buscar y se casaron. Los casó el mismo
cura que había bautizado a mi mamá.
Mis tres hermanos mayores nacieron en
Veracruz. Mi papá tenía un hotel y una peletería. Vino la toma
de Veracruz por los gringos y todo se puso muy difícil. Mi mamá
le dijo a mi papá que cuando se casaron él sabía que lo único
que sabía hacer ella era tocar el piano y que mucho el lugar no
le gustaba. Mi papá vendió el hotel, la peletería se la dejó al
muchacho que limpiaba, que era el padrino de los varones, y
volvieron a Cuba, a Managua. Allí nació mi otro hermano y
después yo. Mi mamá tenía 45 años y papá le llevaba 11, así que
soy hija de viejos y crecí oyendo historias que me permitieron
ser como soy.
IG: En Cuba sos reconocida por tu
trabajo con los niños y los desamparados.
TF: Yo desdeño la acumulación de riquezas,
desdeño el lujo, me preocupa la situación de los pobres que
luchan, no los pobres que se acomodan a la pobreza y a la
miseria sino ésos que trabajan.
IG: Vos contás y cantás lo que escribís.
¿En qué te inspirás para componer?
TF: Mis canciones son recuerdos de mi
niñez. Yo no tenía juguetes ni me interesaban. La fiesta era ir
con mi padre a comprar pajaritos un sábado y al siguiente
soltarlos. Cazábamos mariposas y me permitían recoger gatos y
perros. Todos están presentes en mis canciones. Cada canción es
un cuento. La canción de la tortuguita fue porque me enamoré de
un muchacho que era muy pobre y no me podía comprar un anillo.
Yo le dije: “A mí no me gustan los anillos, cómprame una
tortuguita”. Esa tortuguita viva tenía para mí más valor que un
anillo que está tieso en el dedo. No sé por qué la gente le da
valor a una promesa de amor representada por una cosa que
después se puede botar a la basura o cambiar por cualquier cosa.
IG: ¿Qué es más importante para vos: la
amistad o el amor?
TF: Yo creo más en la amistad que en el
amor. Por ejemplo a Antonio [Antonio González, director del
festival, lo conocí en Méjico. Su esposa estaba embarazada y
cuando vine a Valencia dio a luz, así que vi nacer a Marina
Teresa. Antonio le puso Marina por el mar Mediterráneo y Teresa
por mí. Soy su madrina por esas cosas de la vida. La amistad es
el amor sin sexo; el sexo es una pertenencia, pero la amistad es
más desinteresada: solo quieres que la otra persona sea feliz.
IG: Teresita, vas a cumplir 75 años.
Muchas personas de esa edad ya se jubilaron. ¿Qué te hace
seguir cantando y trabajando?
TF: Yo creo que todo es energía. A pesar de
ser hija de viejos, se me ha dado mucha energía; mientras me
dure y tenga ánimo, mi deber es alegrar, transmitir, comprender.
Creo que toda mi herencia está presente en lo que yo soy. Me
paro frente al público con oficio de torero y, por humildad, me
da lo mismo que me tiren una piedra que una flor, pero soy capaz
de agarrar la piedra y zumbársela al que me la tiró . Soy
franciscana. San Francisco era rico y terminó bañando leprosos a
la orilla de un río y domesticando lobos. Eso me conmueve mucho.
Esa cosa de usar la aparente debilidad para domesticar la fuerza
cuando es injusta, me da mucha energía. Además, me alimento
mucho de cosas ingenuas; por eso me dedico tanto a los niños. Me
gustan los ojos de las personas, las manos, las flores, las
rocas, los pajaritos. Todo eso me mantiene las pilas cargadas.
Tiene que ser que no me levante más o pierda la voz, para que me
quede quieta. Pienso que este viaje fue una temeridad, pero sé
que todavía puedo transmitir mi mensaje y también sabía que iba
a haber niños.
IG: Todas las personas guardan algo de
su niñez.
TF: Sí, yo me encargo de removérselos para
que sean felices; el cariño es la base.
IG: En este momento vivís en Cuba. ¿Cómo
es tu vida allá?
TF: Tengo una casa nueva. Yo vivía en una
casa que era puro patio, una casa humilde y muy linda. Tenía
enredaderas, setenta y ocho animales entre gatos y perros,
árboles, orquídeas. Ahora vivo en un departamento, pero me
acostumbré porque, aunque no lo parezca, creo ser inteligente y
el inteligente tiene una virtud que se llama prudencia, que
antes era una vieja con espejuelos, pero ahora me doy cuenta de
que hay que tenerla. En el departamento vivo sola, pero hay un
custodio en la puerta y me siento más segura. De la muerte no me
libra ningún custodio, pero ahora veo las nubes más de cerca,
porque estoy en el piso 12. Recibo amigos y, como yo fumo
tabaco, compro cigarros para ellos y, como tomo refresco, compro
refresco para ellos. Tengo amigos porque me dan alegría y
enemigos porque me pruebo.
IG: Sé que tenés una explicación muy
particular acerca de la religión.
TF: Soy católica apostólica romana, pero no
de esa iglesia tan combatida. Soy católica, que quiere decir
universal: si descubro un marciano con hambre o está llorando,
soy responsable por ello; apostólica porque Martí era clerical,
pero de los que enseñan, y romana porque los leones se comieron
a los cristianos en el circo romano, pero el fundamento de esa
iglesia es un Cristo que está entre los ladrones, diciendo que
hay que dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar
al triste, enseñar al que no sabe, curar a los enfermos.
Cualquiera que se diga cristiano tiene mucho que hacer. No se
puede descansar. Cristo no descansó y cuando descansaba lo hacía
en casa de Marta o María o Lázaro, y por eso mi casa se llama
Betania, porque a mi casa vienen prostitutas pero arrepentidas
como María, amas de casa obstinadas como Marta y Lázaros
enfermos. Pero si el prójimo es Cristo, yo trato de que
descansen.
IG: En un mundo cada vez más
mercantilizado y que se mueve por el dinero el poder y la fama,
el tuyo es un trabajo silencioso, el de los grandes.
TF: Creo que la única grandeza que existe
es la grandeza del bien, de luchar contra las fuerzas malas, las
de afuera y las de adentro. Ahora mismo pasamos por una plaza ,
vemos algún busto y no sabemos quién fue. Los grandes han sido
casi todos miserables. La grandeza y el dinero, en ese sentido,
son idioteces. Analiza: las personas pasan en un coche, que es
un invento, y no pueden mirar el mar porque van manejando.
Después, pagan un montón de dólares por un cuadro del mar y
hacen una fiesta porque compraron un mar carísimo mientras el
mar está allí, regalado, para todo el mundo. Te enfermas y
corres por un botellón de oxígeno; sin embargo, nadie se da
cuenta de que respirar no nos cuesta nada. Pienso que el que
inventó el salario es un salado; yo estoy por el trueque. Porque
si tú tienes los frijoles y yo tengo la sal, de nada te sirve
comerte los frijoles sin sal ni a mí comerme la sal sola. Tan
elemental como eso creo que es la vida. Todo lo demás nos sobra.
Una bacteria te mata, otra bacteria te alza. Entonces, ¿qué
somos? Un espermatozoide de papá, un óvulo de mamá y después un
poco de tierra. Todo es misterio, mi hermana…
IG: Volvamos a tu trabajo. Tenés
escritas más de cuatrocientas canciones…
TF: Puede ser. No las he contado pero las
he cantado. La gente elige. “La palangana”, “El gatico
Vinagrito”son muy famosas. “Dame la mano y danzaremos “ tiene
letra de Gabriela Mistral.
IG: Sos muy conocida también por
musicalizar letras de muchos otros poetas latinoamericanos.
TF: Sí, tengo el Ismaelillo de José Martí
puesto en música y lo hice con la Sinfónica Nacional; también,
canciones de cuna de Juana de Ibarbouru, veintiocho rondas de
Gabriela Mistral y dos de Lorca: “Verde que te quiero verde” y
“Preciosa y el aire”. No los tengo apuntados ni nada. La memoria
me viene a veces y te los canto. Algunos se me han olvidado,
pero no somos capaces de recordar todo lo que hemos vivido y
escuchado; somos una suma de todo eso.
IG: ¿Cuándo empezaste a escribir y a
cantar?
TF: Empecé a escribir a los doce años y a
cantar antes de hablar. Cantaba a media lengua a los cuatro,
pero yo crecí en una academia de música. Mi madre está en la
historia de la música de Cuba.
IG: ¿Cómo es tu trabajo en Cuba?
TF: Trabajo casi todos los días y algún día
que otro descanso; me gusta ir por los barrios. En Cuba está
planificada la cultura: hay cultura comunitaria. Voy a las
escuelas en el campo, a los hospitales, a los hogares de
ancianos; tengo vocación por todo lo escachado, lo que está mal.
Soy maestra, doctora en Pedagogía y Profesora de Música y dejé
todo para hacer lo que hago, porque Martí tiene un discurso que
dice que cuando un maestro deja el aula, debe andar por los
caminos de tal forma que el campesino se le acerque sin temor a
mostrarle la semilla que va a sembrar y que, dondequiera que
esté, plante su tienda de maravillas, porque hace falta gente
que venga a este mundo a conmover.
Yo soy una mística muy científica o una
científica muy mística, porque tanto en la mística como en la
ciencia hay un momento en que uno se para y dice: y ahora ¿qué?
Y termino como Sócrates diciendo: “Solo sé que no sé nada”.
IG: En este festival hablamos de
exilios. ¿Qué opinión te merece todo lo vivido acá?
TF: Oyéndote a ti, que no es el caso mío, y
a los otros que están acá, pienso que fue bonito, porque no
hemos explotado la tristeza, la compasión, sino la dignidad y
ésa es una gran arma de lucha. Tuve ahora la oportunidad de
estar en Valencia, de ver Alcira y ver los naranjales de los que
me hablaba mi madre. Ha sido muy emocionante para mí poder
conversar con los vecinos que me dijeron que sí, que había
muchas hilanderías de seda, muchas minas de cal; enfrentarme con
cosas que habían sido solo narraciones en mi familia. Pero estar
entre ustedes es una riqueza muy grande, porque no hay
diferencias. No hemos hablado de economías, de dinero, sino de
humanidad. Hemos convertido las lágrimas, las tristezas y los
malos recuerdos en narraciones para hacer felices a los demás,
para enseñar, para aprender. Eso es lo más valorable de todo.
Teresita Fernández reside en La Habana,
donde sigue siendo la cantante de
todos los chicos de todas las edades. Fue la hija artística de
Bolita de
Nieve y la madre de la Nueva Trova Cubana. Fundó la Peña de los
Juglares
en el Parque Lenin de La Habana. Esta en posesión de los más
importantes
premios internacionales y de los más altos galardones de su
país, tanto por
su trabajo artístico como por su calidad humana. Escucharla es
creer en la vida , contagiarse de su compromiso inquebrantable
con la humanidad.
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